La conocí por azar en el parque.
No ocupaba mucho, del tamaño de una paloma con sus plumitas.
Envuelta en palabras, en nombres como el mío.
Me dio un libro, otro, y las páginas se iluminaron.
No te mueras ahora, hay tiempo, espera.
No es la hora, florecilla.
Dame un poco más de ti.
Dame un poco más de tu vida.
Espera
Mis tardes con Margueritte / La tête en friche / My Afternoons with Margueritte.
Director: Jean Becker.
Guión: Jean Becker y Jean-Loup Dabadie.
Basada en el libro de Marie-Sabine Roger.
Año: 2010.
Música original: Laurent Voulzy.
Edición: Jacques Witta.
Cinematografía: Arthur Cloquet
Con: Gerard Depardieu (Germain), Gisèle Casadesus (Margueritte), Sophie Guillemin (Annette).
El huírle al tema de la vejez en el cine comercial y más en el de Hollywood es sólo un ejemplo de cómo en la mayoría de las sociedades los adultos mayores son olvidados, esquivados o arrinconados por todos en general. Sin tomar conciencia de que todos vamos para allá.
Afortunadamente no siempre es así. Aún se producen películas donde la persona adulta mayor es respetada, tiene su lugar, su importancia y su reconocimiento. Esta es la visión de varias producciones europeas y asiáticas.
Mis tardes con Margueritte (Francia, 2010), del director y guionista Jean Becker, pertenece a ese tipo de cintas, es una muestra de una expresión humanista donde los adultos mayores son seres humanos plenos, e independientemente de cómo haya sido su vida son sujetos de amor, respeto y un lugar decoroso bajo el sol.
El punto desde donde se mira el mundo de los adultos mayores es el de Germain Chazes (Gerard Depardieu). Es un “hombre joven” de 50 años, “hombre joven” en comparación a los 95 de Margueritte como ella misma le dice.
Esta generación de 50 años entreteje narrativamente todos los puntos de vista: el de la infancia, la adultez (de los 30, de los 50) y la vejez. Generación que, de golpe, toma conciencia del tiempo transcurrido, ya sin las compulsiones de la juventud (sexuales, de prestigio, de ascenso clasista, etc.). A partir de Germain, la generación de “adultos contemporáneos” (como los “etiquetan” los mercadólogos) hace un balance de su vida y descubre que tiene cosas que aprender de los adultos mayores, a cuya condición se acerca por el simple paso del tiempo. De esta forma, la infancia de Germain y las situaciones actuales lo preparan para abordar sus relaciones con los adultos mayores con un nuevo enfoque; es decir, replantearse las relaciones con su madre (de unos 70-73 años) y con Margueritte con lecciones de madurez (¡a sus 50 años!) para ser un mejor ser humano, y enfilarse a sus nuevas responsabilidades como pareja y como padre.
Para Germain (y los espectadores), las lecciones sobre el paso inexorable del tiempo se presentan de inmediato en el film: empiezan a pagarle menos por su trabajo; las bromas sobre su ignorancia, falta de sensibilidad y modales toscos se incrementan, y es testigo del deterioro emocional de la gente de su generación. Germain está a un paso de paralizarse emocionalmente por la indiferencia de su madre, por el desconocimiento de quién fue su padre, por una relación sentimental para la que se siente inadecuado. En ese momento, el azar lo pone frente a la frágil Margueritte… y su vida cambia.
Encuentra a Margueritte (Gisèle Casadesus) en un parque… Germain y Margaritte entablan una conversación “superficial” sobre las 19 palomas del parque que para él, al ponerles nombre, son como su familia. Y en medio de la conversación se le cae un libro a Margueritte… y en medio del azar inicia la transmisión del conocimiento de una generación a otra.
La otra forma (difícil) de amar.
La historia transcurre entre flashbacks muy bien insertados y manejados, enlazándose con el presente de Germain, a quien se le nota el cambio sutilmente llevado por Margaritte… A esta altura de la película se da el momento en que Germain compara la relación de Margueritte con la que tiene con su madre Jacqueline. La segunda está teñida desde la infancia por la violencia familiar, donde Jackie tiene que defenderlo y defenderse de un amante seductor. Jackie tiene la valentía de la madre soltera pero, por las circunstancias de su juventud y quizás de su propia infancia, no puede demostrarle a su hijo el amor que le tiene.
Sin embargo, la humanidad de Margueritte y La promesa del alba de Supervielle le permitirán a Germain comprender que su madre si lo amaba. De hecho, una parte importante de la vida de su madre, que él desconocía, estuvo dedicada completamente a él aunque no le dijera “te quiero”.
El laberinto de las palabras.
Durante la película se dan mensajes tan profundos que bien vale la pena que pongamos a trabajar la mente en ellos, frases tales como: “La vejez estorba, sobre todo a los demás. Pero la edad tiene un privilegio, si uno se aburre sabe que no durará mucho”. O como: “…es como dar anteojos a alguien miope. De pronto se ven todos los defectos, los agujeros, se ve uno mismo. Con usted he intentado aprender, pero duele. Estaba mejor antes… todo borroso, todo simple”.
Hoy por ti, mañana por mí.
En su novela 2010, el escritor de Ciencia Ficción Arthur C. Clarke definió la amistad como el intercambio de vulnerabilidades, como la confianza amorosa que permite a dos personas intercambiar información íntima que podría dañar o herir al amigo si se difunde. Y tenía razón… Eso es precisamente lo que hace Margueritte al término de una nueva lectura: le confía a Germain su tragedia personal, sin amargura, sin dramatismo, porque comprende que lo que le ocurrirá es parte del proceso de envejecimiento.
Margueritte: La verdad, me parece que no voy a poder seguir leyéndole mucho tiempo.
Germain: ¿Y por qué?
Margueritte: Porque ya no veo muy bien. Padezco una degeneración macular propia de la edad. Tengo manchas en el centro de los ojos y estas manchas aumentan. Me cuesta leer.
Germain: Por eso tiene una lupa.
Margueritte: Sí. Muy pronto, mi querido Germain desaparecerá entre sombras. Ya no podré contar las palomas.
Germain: ¿No se opera?
Margueritte: Mi vista se muere, no se opera a la muerte.
Es el punto donde se da la correspondencia, el reflujo, el cambio de la marea.
Hasta este momento, Germain ha sido el receptor del conocimiento (léase, por qué no, por primera vez “sabiduría”) de Margueritte. Después de la confesión de Germain sobre su dolor al conocerse a sí mismo y los demás, ella muestra el amor y la amistad que le tiene al confiarle la vulnerabilidad de su próxima ceguera total. Las dificultades que estuvieron a punto de derribar el puente que comunica su amistad amorosa se diluyen. Sus cimientos ahora son fuertes porque cualquier mutua ayuda está anclada en el cariño: “hoy por ti, mañana por mí” en la única manera en que puede funcionar. El circuito de la transmisión del conocimiento se ha invertido para el mutuo enriquecimiento de los personajes.
El amor en cascada: la importancia de Annette.
Es el momento en que el personaje de Annette (pareja de Germain) interviene en la historia para multiplicar el amor en sus distintas variantes. Al principio no entiende la conducta de Germain y estalla en celos hasta que él confiesa la existencia de Margueritte (¡95 años!) a pesar de que él sabe que es una historia increíble… pero Annette le cree… y con su sensibilidad encuentra la solución para que siga la amistad de su pareja con Margueritte.
Germain: ¿Qué será de ella si pierde la vista? ¿Qué pasará con todos sus libros? ¿Con ella? La lectura es su vida.
Annette: LÉELE TÚ.
La importancia de Annette es incuestionable. Representa la aceptación de la continuidad del conocimiento humano por la vía femenina, de generación en generación (como lo plantea, por ejemplo, Doris Lessing en su novela La Grieta). Así, a través de Annette, en el film toma cuerpo la idea de la incorporación de los adultos mayores en el seno familiar, con espacio e importancia propios.
Pero también Annette y después Germain representan a los adultos de cada generación que toman sus propias decisiones. El film no está a favor de una gerontocracia, y esa idea no debe desprenderse de la lectura de este texto. Cada generación debe tomar de sus adultos mayores, del conocimiento existencial que ellos tienen, lo que crea conveniente, tal y como Annette y Germain lo hacen. Esta es la responsabilidad de cada generación, lo que toma y lo que deja.
De ahí que el actual paradigma social “Los viejos no sirven para nada” sea la peor posición posible de jóvenes y adultos, porque al condenar todo el conocimiento de los adultos mayores y en consecuencia a los adultos mayores mismos, no saben que se condenan a sí mismos a padecer las mismas condiciones de desempleo, soledad, aislamiento y vida cuando llegue su turno ineludible con el paso del tiempo.
Sin embargo, la nota que domina en Mis tardes con Margueritte es proactiva. En el film, Annette muestra que el ser humano si puede actuar positivamente bajo la premisa de “Haz algo hoy por quién serás mañana”. Al abrirle un espacio físico y emocional a Margueritte como adulta mayor, Annette incrementa sustancialmente las probabilidades de que sus hijos y nietos respeten y cuiden su espacio cuando, a su vez, le toque ser abuela. Eso les enseñará, eso es lo que recibirá: la retribución a su aceptación inicial, al efecto en cascada del amor y la amistad.
Para saber el desenlace hay que ver la película; para hacer nuestro su mensaje final hay que estar muy atentos para escuchar el monólogo que cierra el film, con una voz en over fuera de cuadro.
De salida.
Todo el film es una confrontación. Por una parte, el paradigma social que considera a “los viejos”, a “los rucos”, como despojos ya inútiles al proceso económico (lo que efectivamente acelera en muchos casos su muerte real); por la otra, una concepción novedosa que en realidad es antigua: los adultos mayores pueden ser productivos hasta el final de su vida, si se les reconoce y cuentan con una función positiva en la estructura social.
La concepción de que “los viejos” son inútiles aparece en el film como una atmósfera que rodea a los personajes, no toma cuerpo en uno de ellos. La edad es una preocupación que empapa a varios por las consecuencias del paso del tiempo: la senilidad de Jackie, la preocupación de Francine que pierde a su pareja ante una mujer más joven, los intentos de suicidio de Landremont. El paradigma negativo no tiene que tomar cuerpo porque ya habita en la manera de pensar de ciertos personajes. De ahí que el paradigma positivo de que los adultos mayores son productivos hasta el fin de sus días tiene que predominar primero en la cultura de una sociedad, para que las medidas legales e institucionales en contra de su discriminación puedan ser efectivas.
Por otro lado, este paradigma positivo es novedoso porque hoy utiliza los instrumentos de la lucha por la igualdad y la no discriminación en pro de los adultos mayores; es decir, lo novedoso es el cómo: leyes, políticas públicas, defensa de derechos inalienables del adulto mayor. Pero es antigua porque, en realidad, se trata de retomar un espacio que ya era suyo históricamente en muchas sociedades. La combinación de lo nuevo y lo antiguo debe generar algo distinto donde todos sean responsables de la situación: los adultos mayores de sí mismos en la medida de su capacidad física y mental, las familias en la medida de cómo tratan serán tratados por las siguientes generaciones, las instituciones por medio de la aplicación de la ley y con acciones positivas concretas.
En el caso de Mis tardes con Margueritte se conjuntan todos los elementos del paradigma positivo (pero hay que estar atentos al desenlace). Margueritte es responsable de sí misma en la medida de su capacidad física y sobre todo mental, es consciente de sus limitaciones –incluso legales, económicas-; la familia está representada por Germain y Annette, con sus propios problemas pero con decisiones bien cimentadas en su ética personal. Las instituciones son contrastantes porque el asilo privado es bueno (¡así cuesta!) mientras que el asilo de gobierno en Bélgica es más caótico y hacinado.
Pero sobre todas estas interrelaciones entre ideas, paradigmas, comportamientos y situaciones narrativas, este film expone una visión positiva de la vejez y el adulto mayor. No es un mensaje fílmico menor ni intrascendente, mucho menos aburrido. En el fondo se trata de nosotros mismos, de lo que hacemos con nuestro tiempo para construir la forma en que nos tratarán en el futuro. Si Mis tardes con Margueritte nos hace pensar en “lo que podemos hacer hoy por quiénes seremos mañana”, entonces dejaremos una herencia positiva a las nuevas generaciones; mientras tanto, podemos pedirles a los adultos mayores que nos den un poco más de ellos, que nos den un poco más de su vida. No, no es poca cosa.
Con fragmentos de http://cinevisiones.blogspot.com
